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LA ENTREVISTA
> Gonzalo Juanes - [16/04/2009]

     Gonzalo Juanes (Gijón, 1.923) es reconocido, hoy, como uno de los fotógrafos asturianos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Su obra, que recorre buena parte de la geografía de la región, ha sido compilada en uno de los afamados “Photobolsillo” de la editorial “La Fábrica”. El éxito y la belleza de las fotos de Juanes radica en la manera que tiene el autor de captar la luz. El punto de inflexión más importante en la carrera del gijonés fue el cambio del blanco y negro al color. Juanes se convirtió, en plenos años sesenta, en un pionero del cambio dentro del excelente grupo de fotógrafos de la Agrupación Fotográfica Almeriense (Afal). Cincuenta años de fotos dan para mucho. La reflexión de esas cinco décadas, también.


P- ¿Cómo fueron sus primeros pasos en la fotografía?


R- Ahora tengo una visión más sintética de todo. Cuando empecé no tenía ni idea de lo que era la fotografía. No empecé porque me gustaran las fotografías y eso que llaman arte fotográfico que yo creo que no lo es. A mí me gustaba la técnica y lo que me llamaba la atención eran las máquinas de precisión. Lo primero que tuve fueron unos prismáticos. Empezó a gustarme la óptica. Cuando cogí una cámara casi no sabía para qué servía. Tenía la idea que tenía todo el mundo, que las fotos eran algo de recuerdo y hacerlas, todo un acontecimiento. A todo ello se unía que no teníamos medios económicos. Por eso lo de la fotografía no fue una cosa que me viniera de repente. Mi padre tenía una máquina de 6X9, que era lo que tenían todos los pobres. Me decía que tuviera mucho cuidado, que le pidiera permiso si la quería coger. Yo se la cogía a escondidas. Era una máquina de Agfa, la luminosidad era 8,8 y con velocidades de 1/25, 1/50 y 1/100. Entonces, lo de medir la luz lo hacíamos a ojo. Hacía los retratos con una cinta métrica de modista de más o menos metro y medio, cogía a la víctima y le decía, toma el extremo y se lo mandaba poner donde los ojos. Yo la cogía por el otro extremo, me iba alejando, hasta que quedaba la cinta tensa, cuando llegaba el momento soltaba y le decía que lo soltara. Entonces chiscaba. Para hacer una foto había que dar muchas vueltas. Tenía su gracia y le fui cogiendo afición. Poco a poco fui entrando por la imagen.


P- ¿Y qué le dio, entonces, el mundo de la fotografía para que se quedara en él?


R- De pronto empecé a darme cuenta de que aquello era algo importante, y sobretodo que me gustaba. Yo siempre dije que no hacía más fotos que las que me gustaban. Y que no me vengan con historias, con modas. Por eso siempre fui muy solitario en fotografía.


P- ¿Cuáles fueron sus primeros contactos con otros fotógrafos?


R- Al primero que conocí fue a Oriol Maspons y fue por carta. Él me escribió una misiva. Me conoció porque el diario “Arriba” organizaba un concurso de fotografía en el que el premio gordo era publicar a toda página una foto. Además te regalaban una cámara. Gané el certámen y me la publicaron en portada. Oriol, que tenía mucha capacidad de relacionarse, me escribió una carta. Al principio me figuré que era un hombre mayor. Después de un tiempo, supe que era más joven que yo y casi tan novato, aunque un poco más “trallado” porque en Barcelona veías más cosas. Tiempo después nos conocimos, en persona, en París, donde ambos habíamos ido a trabajar. Allí nos liamos a hablar y a desbarrar de la fotografía que veíamos, la que se llevaba. A Maspons, que era de la Sociedad Fotográfica de Barcelona, llegaron a echarlo. Con él fue con el que intercambié las primeras impresiones sobre el grupo Afal, que ni se llamaba así. Era un conjunto de personas que provenían de la Agrupación Fotográfica Almeriense, que yo no sé si es que se movían más, eran más modernos o tenían algún dinero, fueron agrupando a la gente. Al principio no fue organizado. Había un grupo de fotógrafos aquí, otro allá. Todos queríamos hacer algo distinto a lo que se estaba haciendo en esos momentos. En aquella época todos teníamos una visión muy parcial de la fotografía. Ni siquiera pensábamos que aquello era un movimiento.


P- Pero se formó el grupo y todos aportásteis esa parte que conocíais de la fotografía. Laura Terré, en el libro que escribe sobre su obra, dice que Gonzalo Juanes fue el teórico del Afal.


R- Fue algo circunstancial. Me resultaba fácil escribir. Tenía pocos años y ganas de decir cosas y en Afal encontré un lugar donde expresarme. Antes de todo ello, yo vivía en Madrid y Oriol en Barcelona. Él ya había montado ruido en Barcelona. En la capital empecé a entrar en la Sociedad Fotográfica de Madrid y fue donde conocí a los primeros que llegarían a ser buenos. Uno de los que fue íntimo amigo mío fue Gabriel Cualladó, hicimos muy buenas migas. Cualladó venía mucho a Asturias porque estaba casado con una mujer asturiana. El primer contacto que tuve con otros fue entonces. Una vez aparecieron tres fotógrafos catalanes que hicieron una expo muy modesta en la Sociedad, eran Ramón Masats, Ricardo Terré y Miserach. Los tres llegaron y, al ver su trabajo, yo dije: ¡éste es el camino!. Yo ya hacía cosas del estilo y, además, empezaban a llegar libros. Poco a poco, por contacto, por amistad, fuimos simpatizando unos con otros y todos paramos en Almería. Para mi era lo único a lo que agarrarse. No teníamos escuela, hacíamos lo que nos parecía, por intuición. Al principio era un grupín disperso.


P- El punto de inflexión más importante de su carrera fue, sin duda, el paso del blanco al negro al color. Usted fue, en este aspecto, un pionero.


R- El color se usaba para carteles, para fotografía industrial, pero un fotógrafo que se preciase lo hacía todo en blanco y negro. Me da vergüenza decirlo, ya lo conté alguna vez, pero en realidad yo empecé a pensar en hacer fotos en color porque cada vez me costaba más entrar en el laboratorio. Entonces, cada uno revelaba sus fotos, el color era casi imposible, todos revelábamos y todos sabíamos bastante sobre cómo hacerlo. Pero a mi no me gustaba, otros eran felices, les gustaba ver aparecer la imagen pero yo creía que aquello de pasar horas y horas en un cuarto, normalmente un baño, era en realidad un martirio. Yo tenía ambición, que es con lo que se hace todo. Puedes acertar o equivocarte. Pero es fundamental. En aquel momento lo veíamos todo en blanco y negro. Aunque había trabajos que se hacían en color. Por ejemplo Ramón Masats hacía fotos para los catálogos de Información y Turismo y las hacía en color. Era, para él, una manera de ganar dinero. Yo estaba decepcionado y llegó un momento que tuve que poner las ideas claras y empezar a evolucionar. Cada vez entraba peor en el cuarto oscuro. Tenía tres o cuatro rollos sin positivar, cinco o seis sin revelar y me dije que eso me iba a llevar a la ruina, así que me propuse buscar un camino. A la fuerza empecé a pensar en el color. Como todos, yo creía que lo bueno era el blanco y negro y que el color era algo superficial, para recuerdos de un viaje y cosas así. Estaba harto del proceso largo que era revelar, secar, cortar, ampliar, las sorpresas, se me hacía eterno. Entonces pensé que si hacía color tenía dos caminos o el negativo color y sobre papel, con el que tendría los mismos problemas que con el blanco y negro pero todavía más complicados, y las diapositivas. Tiré por esta segunda opción y empecé a probar, a buscar marcas. Me quedé con el rollo de Kodachrome, para mi la mejor película que existió. Volví a hacer fotografías con todo mi entusiasmo. Hacía mi rollo, lo empaquetaba y lo mandaba a Alemania, que era donde había laboratorio. Tenía que pagar los gastos pero a la vuelta venía en su cajita amarilla, bien revelado. Y empecé a despreocuparme. Pensé, ahora me voy a dedicar sólo a la fotografía. Fue el gran acierto que tuve. No fue un milagro porque tarde o temprano todos caímos en la cuenta. Pero entonces pasé una época de bastante soledad. Ya vivía otra vez en Asturias. Mis amigos de Afal, que ya era un grupo más amplio y asentado, me llamaban para decirme que íbamos a mandar fotos a un sitio o a otro. Yo no podía porque tenía diapositivas en color. Y estaba muy solo, pero no me importaba porque siempre iba a lo que a me gustaba. Claro que al principio, creí que estaba rebajándome porque lo serio era el blanco y negro. Al cabo de los años, todos se fueron dando cuento que el color no era sólo para hacer postales. Me costó dios y ayuda. Cuando nos reuníamos todos enseñaban fotos y yo tenía que ir con mi proyector y mis diapositivas, montarlo todo y enseñarlo. A veces me miraban como diciendo: este pobre….


P- Uno de las características que siempre destacan de su fotografía es la capacidad que tiene para jugar con la luz. De hecho, el libro escrito por Laura Terré sobre su trabajo fotográfico se llama “Ese declinar de la luz”. La autora considera que para usted era muy importante vivir en la zona cantábrica, donde los matices lumínicos son tan abundantes.


R- Claro que me marcó el Cantábrico. Para Laura Terré, que es catalana, era un aspecto importantísimo en mi carrera. A mí me gustaba el sol para tomar el sol, y al principio también para hacer fotos porque era la manera de hacerlo con una cámara mala y una película, a veces infame, de marca desconocida y pasada de fecha.


P- Lo cierto es que usted consiguió ofrecer una visión de Asturias y los asturianos muy distinta a lo que era costumbre. Fotografió muchos rincones de la región, las cuencas mineras, muchas fiestas….¿Cómo era su trabajo?


R- Esas fotos fueron en los setenta. Yo ya estaba muy definido en fotografía. Ya sabía qué luces me gustaban y qué era lo que me atraía que no era más que fotografiar lo que me producía una emoción. Yo decía allí hay una foto y chiscaba. El primer trabajo que tuve fue en Fábrica de Mieres, entonces ya tenía una cámara bastante buena, fue cuando me sentí con una herramienta en las manos que funcionaba. Tenía muchos defectos pero para mi fue la primera, cuando empecé a encontrarme con recursos. En Fábrica de Mieres hice muchísimas fotos, me gustaban las escombreras, las chimeneas. Andaba con la cámara todo el día. Me fui familiarizando con la luz.


P- Todas esas imágenes tienen en común algo que tiene que ver con la decadencia, con el fin…


R- España era lo que era. Echo un vistazo atrás y era todo bajo, estábamos todos sin un duro, sin medios, sin recursos, pero era lo que había y me familiaricé con ello...


P- Usted siempre defendió que la figura del fotógrafo tenía que completarse con un bagaje cultural amplio, que había que formarse más allá de la imagen.


R- Yo comprendo que aquello parecía una herejía y en otras circunstancias lo sería. Desde pequeño me gustó dibujar y leía todos los libros que caían en mis manos. Vas aprendiendo y sin darte cuenta la cultura formaba parte de ti. ¿Qué pasaba con los fotógrafos?; normalmente eran gente que no estudiaban pero que de golpe se encontraban con el mundo de la imagen y no sabían qué hacer con ella, más que copiar unos de otros. Normalmente el que empezaba en fotografía, y no quiero que la gente lo tome como una crítica hacia los fotógrafos, lo hacía como ayudante en un taller. Yo buscaba satisfacerme. Un señor que descubre que haciendo así (hace el ademán de sacar una foto en el aire) saca una imagen y piensa en ella y empieza a ver más cosas, y a sentirte fotógrafo debe tener detrás muchas inquietudes. No quiero pasar por vanidoso. Ahora, los jóvenes, empiezan con una ventaja enorme, si tienes un talento te dirigen desde el principio, yo cuando empecé no había nada de nada. Antes y ahora hay algo en común, de cada cien que empiezan en este mundo uno tiene talento y los demás son unos repetidores. No es una crítica desfavorable, es así.


P- El pasado año “La Fábrica” editó un libro de bolsillo con sus fotografías. ¿Cómo se siente con el resultado?


R- Estoy emocionado. En este libro me veo a mí y veo mi fotografía. El resultado ha sido gracias a Chema Conesa, que tiene una sensibilidad extrema para la fotografía. A José Manuel Navia, un profesional tremendo que junto a Carmen y Marta me comprendieron y ayudaron y, sobretodo, a dos amigos como son Luis Sevilla y Gema García que me conocen bien, y a mi obra y sin los que éste libro no habría salido a la luz.


P-¿Qué debe tener una fotografía?


R- No hay nada más hermoso que la fotografía cuando haces lo que te gusta. Para mi no hay nada de artístico en ella. Más del 50 por ciento de la foto es documento y un señor que sepa hacer una buena fotografía documental es el que está mejor orientado. La base de partida y lo fundamental es el aspecto humano, que es lo que coge por sorpresa si no, eres un retratista. Si vas por el mundo y ves algo que te emociona, procura fotografiarlo. Si es real, si lo sabes hacer bien, ahí tienes la fotografía. El tema humano se puede exprimir un poco más sin perder la base documental. Yo fui tirando por este camino y creí en él. La foto tiene que ser un documento y algunas otras cosas más, sobre ellas, el lado humano. Para que exista este valor humano no hace falta que salgan personas sino algo que te recuerda, que te lleve inmediatamente a ellas. Da igual si es en color o en blanco y negro, la cuestión está en acertar. Lo que interesa es que se produzca emoción auténtica.


P- Y ahora, ¿qué es lo último que ha hecho?


R- El otro camino que he ido cogiendo con el tiempo es el del intimismo. Son las últimas fotos que he estado haciendo, en mi casa, en soledad, trabajando sobre la idea primera pero con más oficio y perspectiva. Las cosas hay que sentirlas o dejarlas. Si no sabes captar la esencia de las cosas te puede salir una foto perfecta pero que no tenga ningún interés. Una buena foto es cuestión de suerte y de mucho oficio.


Entrevista realizada por Aitana Castaño.

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